El último baile

Moonlight Serenade Glenn Miller

Bajo las luces nocturnas te tenía entre mis brazos, mientras nos balanceábamos al son de las trompetas. Tú apoyabas la mano en mi nuca y me mirabas a los ojos. Yo tomaba tu cintura y te acercaba hacia mí deseando besar tus labios rojos. El baile se hacía eterno y nada más había a nuestro alrededor, o eso a mí me parecía. Tanta vida había en ti y yo la deseaba con todas mis fuerzas, mas me retenía. Tu clavabas las pupilas en las mías y entreabrías la boca, al notar que dilataba el momento.

Hazlo – me dijiste y en tu voz podía paladear el anhelo y el miedo…

¿Si me lo pedías de esa forma cómo poder negarme? Posé mis labios con cuidado en los tuyos, tan calientes, tan jugosos, como una fruta madura. Tu corazón a mil por hora, cuyos latidos escuchaba claros como un tambor que me emplazaba a la batalla.

Hazlo – me decías apremiante entre gemidos casi sollozantes.

Me precipité a tu cuello y exploré cada centímetro de su piel tersa y perfumada, mientras echabas la cabeza hacia un lado para recibir mi beso. Y te besé, y te arrebaté el rubor de tus mejillas a cada trago y tu latido se iba apagando como una vela a la que ha llegado su fin.

Lamía la herida y antes de que se extinguiera del todo la vida en los ojos quise decirte algo, pero me mordí la lengua.

Sellé la sentencia de muerte con un beso que recibiste con tibieza y que luego se transformó en arrebato. Y te hacía como yo para siempre…

Sin embargo, la realidad es mucho más cruda y las fantasías nunca se han cumplido. Tú moriste en una noche de invierno hace ya tiempo y yo sigo solo mirando al techo, soñando que tú me querías.

Por Arminda C. Ferrera