Alicia en el País de las Maravillas

¡Habían robado la sal!. Se descubrio que el culpable era la Oruga, o Bill el Lagarto o el Gato Sonriente.
Sometieron a juicio a los tres, que hicieron las siguientes declaraciones en el tribunal:

Oruga: Bill el Lagarto se comió la sal.

Bill el Lagarto: ¡Es cierto!

Gato sonriente: ¡ Yo nunca me comi la sal!

Según resultó, por lo menos uno de ellos mintió y al menos uno dijo la verdad. ¿Quíen se comió la sal?

Lewis Carroll

La Princesa y el Bufón

La princesa y el bufón, cuento, relato, literatura

Había una vez una princesa que vivía en un palacio muy grande. El día en que cumplía trece años hubo una gran fiesta, con trapecistas, magos, payasos… pero la princesa se aburría. Entonces apareció un enano; un enano muy feo que daba brincos y hacía piruetas en el aire, el enano fue todo un acontecimiento.

¡Bravo, bravo! – Decía la princesa aplaudiendo y sin dejar de reír.

Y el enano contagiado de su alegría, saltaba y saltaba, hasta que cayó al suelo rendido.

¡Sigue saltando, por favor¡ – dijo la princesa. Pero el enano ya no podía más. La princesa se puso triste y se retiró a sus aposentos.

Al rato, el enano, orgulloso de haber agradado a la princesa, decidió ir a buscarla convencido de que ella se iría a vivir con él al bosque. “Ella no es feliz aquí” pensaba el enano.Yo la cuidaré y la haré reír siempre”

El enano recorrió el palacio buscando la habitación de la princesa, pero al llegar a uno de los salones vio algo horrible. Ante él había un monstruo que lo miraba con ojos torcidos y sanguinolentos, con unas manos peludas y unos pies enormes.

El enano quiso morirse cuando se dio cuenta de que aquel monstruo era él mismo, reflejado en un espejo. En ese momento entró la princesa con su séquito.

¡Ah, estás ahí!, ¡qué bien! Baila otra vez para mí, por favor.

Pero el enano estaba tirado en el suelo y no se movía. El médico de la corte se acercó a él y le tomó el pulso.

Ya no bailará más para vos, princesa – le dijo.

¿Por qué? – preguntó la princesa.

Porque se le ha roto el corazón

Y la princesa contestó:

De ahora en adelante, que todos los que vengan a palacio no tengan corazón.

Oscar Wilde

Enano, arte, barroco, bufón

El ciclo inconcluso (II)

Finish It (The Fountain OST) – Clint Mansell & Kronos Quartet

Al verlo allí, hizo que se sobresaltara, como si hubiera oído un ruido fuera de lo común. Pero la curiosidad venció el miedo. ¿Qué había visto su madre en las páginas del libro que le había asustado tanto? Lo tomó con cuidado y abrió la tapa. El libro estaba vacío. No había nada. Buscó entre las últimas páginas.

Para su sorpresa, en ellas sí había texto. Estaba narrado de una forma un tanto gótica cómo había llegado el libro a sus manos: El accidente, cuando lo recogió del suelo y luego su madre lo tiró a la basura, la discusión consiguiente, la llegada a su casa, el subir peldaño a peldaño las escaleras, la descripción minuciosa de la llegada al cuarto, las emociones que había sentido al encontrar el libro y cuando decidió leerlo. Al final, en la página de al lado rezaba una sola frase “Y entonces, solo cuando terminó la última palabra de materializarse en su mente, se dio cuenta de que no estaba sola”. Las luces se apagaron para siempre.

oscuridad, misterio, sombras, noche, ventana

Por Arminda C. Ferrera

Inicio: El círculo inconcluso

Continuación: Antes del Alba

La Espiral

Lux Aeterna (Requiem for a Dream OST) – Clint Mansell

Accidente, misterio, curiosidad, noche ciudad

Su madre la arrastró hacia el taxi. Las luces azules y naranjas de los coches de policía y la ambulancia teñían las paredes y la acera de la calle. La gente se agolpaba en torno al vehículo del padre como cuervos atraídos por un objeto brillante aunque sin valor.

– ¡No hay nada que ver! – gritaban los policías a los espectadores morbosos.

La madre estaba tan nerviosa que no se dio cuenta de que su hija se había llevado un presente esa noche. Un libro que agarraba fuertemente contra su pecho.

– ¿Puedo fumar? – preguntó la madre al taxista.

Después de obtener la ansiada respuesta afirmativa, se quedó absorta en sus pensamientos durante unos instantes mientras inhalaba el alquitrán hacia sus ahumados pulmones. Momento que aprovechó la niña para observar su tesoro con más tranquilidad.

Las tapas eran de cuero marrón, gastado, agrietado por el paso de los años, con manchas oscuras que se le antojaban extrañas y que se percibía que eran antiguas. Una de ellas parecían dedos. No había título, ni autor, tan solo había una espiral en dorado que daba tres vueltas sobre sí misma. Pasó obnubilada las yemas de los dedos por encima del dibujo y sintió de nuevo ese inquietante escalofrío. Por eso retiró la mano alarmada. Cuando fue a abrirlo para ver de qué se trataba, su madre fijó la atención en ella.

– ¿Qué tienes ahí?

– Nada… – dijo inocentemente.

– ¿Nada? – le arrebató el libro de las manos, y mientras lo miraba e inspeccionaba su interior le preguntó – ¿de dónde lo has sacado?

La niña enmudeció. Su madre posó sus ojos en las páginas amarillentas y su expresión cambió del recelo al desconcierto. Hojeó más adelante, hacia el final… su tez se volvió pálida y su cara se transformó en una mueca indescifrable. Sus ojos abiertos parecía que se le iban a salir de las cuencas. En un acto que podía tildarse de exasperado, cerró el libro como si quisiera atrapar a una sombra que saliera de su interior. Su hija la observaba, incapaz de dar rienda suelta a su curiosidad al ser testigo de la transformación de ella.

Levantó la vista y se dirigió al conductor, indicándole que parara unos instantes al lado de unos contenedores de basura que estaban abiertos.

– ¿Qué pasa mamá?

Sin bajarse del vehículo tiró el libro por la ventanilla, ante la atónita mirada de la niña que solo pudo emitir un grito de protesta. El taxi continuó su camino. Solo una persona miró hacia atrás.

– ¿Qué has leído? – pero su tono no era de enfado sino de temor.

– ¿Por qué lo has tirado? – dijo la niña enojada, cruzando los brazos a modo de protesta.

– ¿De dónde lo sacaste, Blanca?

El silencio y un golpe con el pié al sillón delantero fueron la respuesta. Su rebeldía lo pagaría con un castigo: Sin cenar a la cama. No protestó.

al final de las escaleras, misterioCuando llegaron a su casa, Blanca se precipitó escaleras arriba haciendo el mayor ruido posible, para dejar claro que le parecía injusta toda aquella situación. Su madre después de cerrar la puerta, se colgó al teléfono y no le prestó atención alguna. Llegó a su cuarto, tiró el abrigo al suelo y se lanzó encima de la cama. Cuanto más pensaba en lo que había pasado, más cólera sentía en su interior.

– ¡Blanca, ponte el pijama y vete a la cama! – gritó desde el piso de abajo su madre – y no quiero oír ni el vuelo de una mosca ¿entendido?

Encendió la lámpara que tenía junto a la cama, e ignoró los gritos que provenían de las escaleras.

Su corazón enloqueció y se aceleró hasta que solo podía oír sus propios latidos. El libro la esperaba encima de la mesilla de noche.

libro antiguo, misterio,

Inicio: El cículo Inconcluso

Continuación: El circulo inconcluso II

Por Arminda C. Ferrera

El Círculo Inconcluso

De Profundis – Arvo Pärt

calles, ciudad, noche, soledad

Caminaba presurosamente por la calle. Se escondía en las largas sombras que se hospedaban en los portales, para espiar, escuchar los posibles pasos de su perseguidor.

Apretujaba el bulto que tenía entre sus brazos como si fuera su bien más preciado. Sin embargo, era todo lo contrario. Era su maldición. Continuó su huida, sabiendo que le quedaba poco tiempo. Se acercaba el final de su historia. Debía quemarlo. Sí, eso debía hacer. Destruirlo para siempre. Apretó el ritmo de su carrera para conseguir su propósito.

Miró hacia atrás. Ya oía sus pasos, claros, lentos, inexorables, pues Él no tenía prisa alguna; lo alcanzaría de igual forma. Después de todo, al final eso es lo único que no había podido conseguir. Tiempo.

Hombre de negro, misterio, intrigaSe acercaba. Estaba demasiado cerca. Volvió a mirar y entonces, lo vio. El terror se apoderó de toda su persona. No podía pensar en otra cosa sino en escapar. Correr y escapar. Cruzó la carretera mientras vigilaba la distancia que los separaba. Contempló sus ojos, donde la cordura perdía hasta el acento, donde el tiempo era devorado en su oscuridad, donde se reflejaba su propio miedo.

Un chirriar de ruedas, olor a goma quemada, un golpe seco y solo quedó su cuerpo inerte sobre el asfalto. El bulto se le escurrió de las manos, quedando tristemente abandonado, la tela marrón que lo envolvía se había abierto mostrando su contenido.

Él esperó al borde de la acera para observar la escena.

El conductor que había atropellado al transeúnte despistado estaba junto al cadáver, llamando por teléfono a la ambulancia y a la policía. La mujer que estaba en el asiento del copiloto le gritaba a su hija, que miraba por la ventana, que subiera la ventanilla del coche y que se tapara los ojos. En vez de hacer eso, salió del coche atraída por un objeto que estaba oculto bajo una tela marrón.

Estaba asustada, porque su padre había hecho daño a un señor. Pero estabamisterio, fantas�a, niña asustada segura de que su papá lo iba a solucionar todo y que el hombre después de que lo vieran los médicos, se pondría bien. Y qué alegría se llevaría cuando descubriera que su libro no se había perdido. Se lo daría a su padre para que se lo entregara. En ese momento, cuando lo tomó entre sus manitas, sintió un escalofrío. Alzó los ojos ante el hombre que la estaba mirando desde la acera, vestido de negro. Se preguntaba por qué la miraba. Su madre la cogió del brazo enfadada y le ordenó que subiera al coche inmediatamente y que no se moviera de allí, mientras ellos solucionaban el asunto.

La niña miró de reojo a la acera… seguía allí. Y le daba miedo. Así que se escondió en el asiento de atrás, con la esperanza de que desapareciera.

ÉL sonrió sin humor y dio media vuelta para seguir haciendo lo que debía de hacer.

por Arminda C. Ferrera

Continuación: La espiral