Si hoy fuera mi último día…

Si hoy fuera mi último día de esta vida
Si no hubiera un mañana con este cuerpo…

¿Habría en mí remordimiento o pesadumbre, por las cosas que no hice, por las cosas que no dije….? ¿Qué es lo que prevalece en el último momento de la vida?
¿Qué es lo que realmente importa, además de tener una conciencia tranquila?

No es una pregunta vana, pues a ese paso, estamos todos invitados, espero que más tarde que temprano.

Hay que enfrentarse a ella con el corazón liviano. No sea que esos momentos se conviertan en el verdadero infierno.

En esos últimos instantes no hay matices, no hay excusas… y se anclan como una losa de 10 mil toneladas los miedos, el arrepentimiento, y el darse cuenta de lo ciegos que hemos andado por esta vida presente.

Hay personas que temen el castigo divino; sin embargo, temo más a mi conciencia porque, no podemos escapar de nosotros mismos. No hay juez más inflexible y que nos conozca mejor.

Quizás pueda parecer pesimista, o negativo… pero tal vez, es con esa clarividencia, con la que hay que enfrentar la vida y medir la importancia de las cosas.

Fuego dentro del agua…

Y lejos de degradarse con el tiempo, como las letras escritas en un papel, cada día, cada noche, cada instante, en cada aliento, se hacía más fuerte y  más insondable, tanto que no hallaba principio ni final en esa inmensidad;  en ese silencio calmo henchido  de aquello que no se podía explicar con palabras.  De todo aquello que provocaba la risa y el llanto más sinceros, la cálida euforia desbordante y la respetuosa quietud,  al mismo tiempo.

La historia de una mirada

Esa mirada persistía en mi recuerdo, reaparecía en el rostro de los extraños convirtiéndolos en familiares; y  aún con los ojos abiertos, ya lúcida, la veía intuida en cualquier rostro…  como cuando uno mira directamente al sol y su imagen perdura aún con los ojos cerrados, mucho tiempo después de que este haya desaparecido tras el horizonte.

Sombras en la niebla

Sobre la divinidad (y las versiones del director)

Versión 1.1

Bajó la intensidad de la luz de las estrellas y colocó un taburete alto en medio de una nube, justo en el centro del cielo para que todos los ángeles pudieran ver y escuchar sin dificultades.  Estaba algo nervioso, por el miedo escénico pero estaba decidido a tirarse a la piscina del universo. Se arregló la túnica, se atusó la barba y limpió sus sandalias con esmero, antes de sentarse en el taburete.

Los ángeles, como les había indicado amablemente, aplaudieron cuando lo vieron aparecer en medio del firmamento y agitaron sus alas de excitación.  Pues según les había dicho el Señor era una ocasión especial.

Dios carraspeó para aclararse la garganta.  Silencio infinito.

–          Jesús entra en  un hotel, de noche, sin reserva ni perrillo que le ladre y se dirige al recepcionista y le pregunta… “¿Tiene cruces libres?

Y entonces los ángeles rompieron a reír, como le había dicho el Altísimo que hicieran, en el caso de que algo les gustara. Dios sonrió complacido y continuó sin parar con una lista de chistes que se había preparado.  Los arcángeles, los serafines y querubines se tronchaban de la risa (según le había explicado su divinidad que debían hacer). Todos menos uno, LUCIFER, al que no le hacía puta gracia.

–          ¿Por qué no te ríes? Preguntó Dios

–          Pues porque tienes menos gracia que un agujero negro…

Dios, que no llevaba muy bien las críticas y menos, una contravención de su mandato, montó en cólera.

Y el resto de la historia es de todos conocida.

Versión 2.0

Se abrieron los cielos del Edén de buena mañana y tronó la voz de Dios desde lo alto.

–          Iban dos… y se cayó el de en medio – Y Adán y Eva se partían el culo… cada vez que lo contaba, sin descanso, como si fuera la primera vez. No como esa desagradecida de Lilith.

Y dios estaba contento con ellos, los mimaba, cuidaba y les daba animalitos para jugar.

–          ¡Ala! A procrear se ha dicho… decía sonriente y ellos le obedecían raudos.

Todo era maravilloso, estaba en el paraíso; al fin había creado a alguien que se riera de sus chistes sinceramente.

Marchaba estupendamente su relación hasta aquel día nefasto, durante una fiesta de disfraces en la que Adán y Eva iban vestidos de hojas de parra:

–          Iban dos… y se cayó el de en medio – No se oyó ni un alma, los grillos sonaban algo confusos porque no sabían qué hacer – ¿Qué ocurre? ¿Por qué no reís?

–          Es que…. – contestó Eva – La serpiente a la hora de la merienda,  me explicó el chiste…

–          ¿No podrías contarnos otro más gracioso? – Apoyó Adán -.

–          ¡Puto Lucifer! ¡Me cago en dios! – Gritó Dios desde el cielo y su ira fue grande-.

…Y el resto, es historia.

Inspirado en El Profeta Sexy (Revelaciones)

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