Sobre el deseo

“Se puede estar convencido de querer algo -quizá durante años-, si se sabe que el deseo es irrealizable. Pero si de pronto se encuentra uno ante la posibilidad de que ese deseo se convierta en realidad, solo se desea una cosa: no haberlo deseado.”

La Historia Interminable por Michael Ende

Íntimo y Personal (Sombras en la Niebla)

The power of one choir – X Ray Dog

Se llamaba Hernán. Había aparecido un día en el trabajo y desde entonces, no había dejado de venir; siempre a la misma hora. Un hermoso joven moreno de ojos oscuros, pelo enmarañado y sonrisa perfecta. Seguro de sí mismo, con un gran magnetismo personal, que no se dejaba amilanar por las evasivas o por la fría cortesía. Tan simpático, tan solícito que decidió dejarse seducir. ¿Por qué no? No recordaba la última vez que tuvo relaciones sexuales, mínimo hacía un año dos meses, una semana y medio día. Desde el momento que comenzó a tener sueños eróticos con su psiquiatra, el único hombre heterosexual de su vida, se dio cuenta que tenía que hacer algo al respecto.

Al ritmo de sus caderas se movía sobre él. Mientras los gemidos de placer aumentaban de intensidad así como sus movimientos. Apoyaba sus manos en su pecho desnudo para descansar los músculos de los muslos y jugar con la profundidad de la penetración. La respuesta un quejido ahogado de éxtasis. No le dejaba asueto, y acabaría pronto el encuentro a ese ritmo. Los temblores de su abdomen y los ojos en blanco de su amante le indicaron el momento. Se apartó de él y se sentó al borde de la cama.

–         Ha estado increíble – le comunicó cuando recobró la compostura. Se acercó a ella por la espalda y le besó el hombro – ¿lo volvemos a repetir dentro de un rato? Aún me quedan preservativos. Pero esta vez déjame tomar la iniciativa. Tienes suerte que mi apetito sexual sea el de un adolescente – le besó el cuello, pero ella se apartó- ¡Oye, qué ocurre…! no me quejo de nuestros encuentros esporádicos, ni de tu entusiasmo, dios me libre de ese sacrilegio. Pero por una vez me gustaría ser yo quien te diera placer. No me importan tus cicatrices, ya lo sabes y aún no has probado mi especialidad, por la que seguramente te enamorarías irremediablemente de mí y te convertirías en mi esclava sexual de por vida.

–         Lo dudo… – se levantó para ir al baño.

–         Ya sé, quieres acabar con mi orgullo masculino. ¿Sabes que eres muy agresiva y mandona en la cama? Me vas a mal criar

–         No te quejabas hace un minuto – gritó desde allí, mientras se daba una ducha rápida.

–         Me siento tu consolador – dijo imitando estar ofendido – y te aseguro que hay otras partes de mi anatomía diseñadas para estos menesteres, muy eficientes. Por ejemplo mis manos o mi lengua. Pero la señorita de “se mira pero no se toca” tiene que seguir siempre las normas.

–         Sabes que esas son las reglas, las tomas o las dejas pero no son negociables.

–         Quien te oyera parece que te estuviera pidiendo algo horrible…

Apagó la luz del cuarto de baño, secándose con la toalla y volvió a la cama con cara de fastidio. Sabía que ese momento tenía que llegar en algún momento. ¿Por qué no se conformaba con eso?

Cuando se tumbó en la cama, él se tendió a su lado y le puso la mano en su vientre, con su dedo recorrió las diferentes cicatrices del abdomen de forma descendente y distraídamente metió la mano entre sus muslos para acariciarle.

–         Estate quieto o te vas – le golpeó y quitó la mano. Mejor sería hacer algo y rellenar ese momento tan embarazoso antes de pedirle amablemente que se vistiera y se largara a su puta casa.

–          Está bien, está bien… seré un niño bueno – se desmadejó en la cama y como si fuera un efebo despreocupado y satisfecho se estiró y colocó sus manos detrás de la cabeza – si alguno de mis congéneres masculinos me escucharan, pensaría que estoy como un cencerro – Elena se colocaba la ropa interior – me tiro a una mujer que está de vicio, que hace todo el trabajo y me quejo…

–         La cuestión es quejarse

–         Supongo que es tu autosuficiencia la que me tiene desconcertado. Los polvos rápidos tienen su aquel. Sin embargo, a veces quieres algo más elaborado. No sé… – empezó a reírse entre dientes – me gustaría que alguna vez te dejaras llevar, que gritaras mi nombre como una posesa, perdieras el sentido mientras me suplicaras que quieres más y que gimieras como una gata en celo… solo de pensarlo, nuestro amigo – dijo mirándose el pene – se ha puesto contento.

–         Pues tu amigo tendrá que contentarse en otro momento… ya es tarde y mañana tengo que madrugar.

Pero Hernán no era de los que se rendían con facilidad. En dos movimientos se levantó y cogió algo de su pantalón. Y ante la mirada incrédula de su amante, como un médico que se pone los guantes de látex antes de una exploración, se colocó el preservativo. En sus labios dibujada una sonrisa maligna y lasciva.

-Cariño… esto no te va a doler…

Cita extraída del quinto Capítulo de la historia “Sombras en la Niebla” que trata de una mujer, Elena, que ha perdido la memoria después de un intento de suicidio. Se esforzará en recordar su pasado para intentar enfrentarse al presente, sin embargo, hay cosas que es mejor no recordar y lo descubrirá demasiado tarde. Si queréis leerla desde el principio hacer un click AQUí, o bien leer el quinto capítulo entero, en el enlace que hay a continuación.

Capítulo 5

Sobre el Romanticismo (2)

“Ahora me demuestras lo cruel que has sido conmigo, cruel y falsa. ¿Por qué me despreciaste? ¿Por qué traicionaste a tu propio corazón, Cathy? Yo no tengo una palabra de consuelo. Tú te mereces esto. Tú misma te has dado muerte. Sí, ya puedes besarme y llorar y arrancarme besos y lágrimas: te abrasarán… te condenarán. Tu me amabas, entonces, ¿qué derecho tenías para sacrificarme, qué derecho, responde, al pobre capricho que sentías por Linton? Porque miseria, degradación, muerte, nada que Dios o Satanás nos pudiera infligir nos hubiera separado, tú, por tu propia voluntad lo hiciste. Yo no he destrozado tu corazón, tú lo has destrozado, y, al hacerlo, has destrozado el mío. Tanto peor para mí que soy fuerte. ¿He de querer vivir? ¿Qué clase de vida será cuando tú?… ¡Oh Dios! ¿Te gustaría vivir con tu alma en la tumba? [ …] Te perdono lo que me has hecho. Amo a mi asesino, pero al tuyo ¿cómo puedo amarle?”

Heathcliff a Catherine

Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights)

Emily Brönte

La canción del condenado

What Shall We Die For (Pirates of the Caribbean: At World’s End OST) – Hans Zimmer

Sus pasos retumbando contra los muros
Anuncian con tambores de patíbulo,
Las postreras horas que me restan,
En las que sabré cuan vivo puedo estar
Antes de caer sobre la piedra, frío y yerto.
Abrazo la oscuridad y la serenidad de saberse muerto
Abandonando la lucha, mas sin el alma postrar;
Porque alargar las horas de luz ya no deseo,
Ni sentirme vivo nunca más
Si es bajo tormento.
Abrazo la liberación del no ser,
Que ni siente ni sufre padecimiento,
No tiene hambre ni sed de justicia,
Ni alberga esperanza maldita
De algún día a ti regresar.

Por Arminda C. Ferrera