Fuego dentro del agua…

Y lejos de degradarse con el tiempo, como las letras escritas en un papel, cada día, cada noche, cada instante, en cada aliento, se hacía más fuerte y  más insondable, tanto que no hallaba principio ni final en esa inmensidad;  en ese silencio calmo henchido  de aquello que no se podía explicar con palabras.  De todo aquello que provocaba la risa y el llanto más sinceros, la cálida euforia desbordante y la respetuosa quietud,  al mismo tiempo.

Parece que….

“Parece que TÚ tal…, parece que tú cual…, es la manera más cobarde de acusar a una persona… Increpándola.
Somos budistas y creemos en el concepto de realidad, ” kyo “. Realidad es efecto manifiesto. Entonces, “parece que”, no es realidad, sino una visión parcial basada en el ego (según el grado de más-menos pureza de las seis raíces (sentidos)). “Parece que” es tergiversar la realidad, es la visión de mortal común… acusar sin pruebas, ¡qué feo!
Lo que sí que no “parece que”, sino que es real, es que ni tú eres tan sabio ni yo tampoco; porque siendo quien eres utilices el parecer como algo manifiesto demuestra que no eres tan sabio […] , y al yo haberte considerado sabio también demuestra, que yo no lo soy.”

By  un Amigo MRA

El viaje más largo

THESE BOOTS ARE MADE FOR WALKING – NANCY SINATRA

Observó los zapatos viejos con una sonrisa, con sus suelas gastadas y la piel llena de rozaduras, de andar mucho, de andar mal, de andar a trancas y barrancas, de andar en las nubes y de arrastrar los pies por el fango por un agotamiento crónico (no siempre físico)
Ásperos al tacto, de deambular en solitario. Llenos de polvo por ir por caminos llenos de piedras y tierra.

Aquellos zapatos eran un mapa de los sitios en los que había detenido sus cansinos pasos, un registro inconfundible de las experiencias que ya habían quedado atrás. Por suerte.

Eran su par preferido, y no porque tuviera pocos, que era el caso; los llevaba a todas partes aunque a veces no fueran adecuados para la situación. Primaba más la comodidad que cualquier otra consideración, muchas veces resultado del hastío; pues analizando los demás pares que poseía, cada uno  de ellos había sido elegido con sumo cuidado.

Le iban perfectos cuando los compró, pero de un tiempo a esa parte al calzarse en ellos pensaba: muy estrechos, muy poco flexibles, ummm no sé, no me convence… todo eran pegas. Así que se enfundaba en los habituales para no perder costumbre, deformados por el uso, adaptados a sus andares bamboleantes.

Ahora, sentada en la cama, calzada y lista para echarse andar, acarició los cordones ajados que los sujetaban al pie. Muy lentamente cogió uno de sus extremos y tiró de él. Inmediatamente el lazo se deshizo, aflojó los cordeles y se los quitó.

– Me han servido bien todo este tiempo – dijo con ceremonia – ya es hora de renovar vestuario, probar unos nuevos que me lleven a otros sitios desconocidos… Lo siento. Ya no son los mismos que fueron.

Hasta ese momento no cayó en  la cuenta de que no era de los zapatos de los que se había despedido.