Adios al bosque

Professor Umbridge (Harry Potter And The Order Of The Phoenix OST) – John Williams

e despertó y la luz dorada del sol del amanecer se abría paso entre el follaje, acariciándole el rostro suavemente como la cálida mano de una persona querida que intentaba despertarla. Sonrió. Pero al abrir los ojos cayó en la cuenta de donde se encontraba. Las enredaderas habían reptado por su cuerpo, el musgo se había acomodado entre su pelo y sus diminutas flores comenzaban a abrirse para saludar el día. El olor a sabia y humedad penetró sus fosas nasales al inspirar fuertemente como si llevara mucho tiempo durmiendo y el cuerpo al iniciar la actividad necesitara un aporte mayor de oxígeno. Y a pesar de que el bosque a la luz del amanecer era hermoso estaba melancólica. Aunque no recordaba porqué. Se estiró y las plantas se retiraron lentamente. Una luz tintineante se interpuso en su campo de visión. Agudizó la vista para ver de qué se trataba.

–                  ¡Un hada! – y como si el hada le contestara se oyó el timbre de miles de campanillas diminutas. Parecía que quería que la siguiera – Claro, ¿A dónde me llevas?Oh sí, tengo mucha hambre; también, tengo la garganta seca

Siguió su estela hasta la orilla del lago y bebió de sus aguas doradas y transparentes, mientras el hada, posada sobre un nenúfar, esperaba. Un cosquilleo le recorrió el cuerpo. No pudo aguantar las ganas de reír.

No sé por qué me río… – se limpió la boca con el torso de la mano.

Y en verdad, la nostalgia se iba alejando a cada sorbo que daba a esa agua tan fresquita.

El hada tintineó de nuevo mientras abandonaba su cómodo asiento.

Y al cabo de pocos segundos estaba rodeada de pequeñas luces. Dibujaban en el aire bonitas filigranas efímeras en distintos colores. La guiaron hasta un arbusto lleno de frutos pequeños pero muy dulces. Comió hasta saciarse y la sensación de tristeza desapareció. Y todo a su alrededor era alegría y algazara.  Los faeris correteaban por encima del agua del lago y hacían piruetas imposibles para entretenerla.

Ven Blanca al aguaal agua Blanca ven

, me apetece bañarme.  ¿Creen que yo también podré volar si me quedo lo suficiente?

Se acercó a la orilla y observó el fondo lleno de plantas acuáticas y de peces de colores.

Acércate a mía mí acércate

Una imagen empezó a formarse ante sus ojos. Una mujer muy bella que la miraba con ojos dulces y familiares. Estiró su mano para tocarla.

Veen, veen – Hipnotizada por su beldad se inclinó sobre las aguas. Los dedos  de la ondina sobresalieron de la superficie del lago,  a punto de alcanzarla – ¡VEN!

Un chillido estridente le hirió los oídos y la distrajo por un momento

Nunca más, Nunca más, no es bien recibido, no. Aquí no tiene dominio, su dominio no tiene aquíNUNCA MÁS, NUNCA MÁS, NUNCA MÁS.

Un cuervo se abalanzó sobre ella dándole picotazos, agarrando con su pico sus ropas y tironeando de ellas, emitiendo espeluznantes graznidos. Las hadas revoloteaban a su alrededor para entorpecer al ave que parecía poseído por la furia. Blanca manoteaba para quitarse de encima al animal.

Bicho malo, ¡quítenmelo de encima! ¡Quítenmelo de encima!

La ondina, que había sacado medio cuerpo del agua, antes el parangón de la hermosura era ahora una pesadilla. Abrió la boca y aulló. Su boca llena de dientes puntiagudos estaba transformada en una mueca maligna e intentaba atrapar al cuervo para comérselo.

Esa visión terminó por llevar a la histeria a Blanca, que ya no sabía qué le daba más miedo si el cuervo o esa cosa inmunda. Así que corrió, corrió hasta que sus piernas le fallaron por el cansancio. Y huyó del bosque, hacia la montaña.

Vuelve, Blanca… Vuelve con nosotros

Por Arminda C. Ferrera

El comienzo: El cíclo inconcluso


Continuación: En el camino

Callejón sin salida (Un Día Cualquiera)

Molossus (Batman Begins OST) – James Newton Howard & Hans Zimmer

Empezó a tener consciencia de lo que pasaba alrededor. Estaba sentado en una de las sillas de la cocina. Tenía las piernas y las manos atadas fuertemente. Le dolía, le dolía mucho. No entendía qué pasaba, en aquella zona no había tanta delincuencia, y si se robaba alguna casa se solía hacer cuando no había nadie, para evitar problemas. Comenzaban a cerrársele los ojos de nuevo cuando le tiraron agua helada en la cara, empapando la ropa que se adhirió al cuerpo inmediatamente y sin darse cuenta, se meó encima.
Sabemos que la tienes ¿Dónde está? ¿Se la has dado a alguien maldito cabrón? – la voz era de hombre, venía de detrás de él ¿Qué era lo que tenía? ¿La hierba? ¿Era de la poli?
E – e – e – está en la cajita que está al lado de la tele, pero por favor, no me hagan daño, ¡Sólo es un poco de hierba! ¡Dios mío, no me hagan daño!.

Alguien se colocó delante de él, tan pegado a su cara que no podía enfocar bien y aún así no podría saber qué cara tenía. Era una mujer porque si miraba hacia abajo veía su pecho y un revólver con silenciador bajo su axila.
No, no te preguntamos por la marihuana, queremos saber donde está la niña ¿Dónde está Leonor? – Aquello sí que le sorprendió, ¿Leonor? Hacía que no la veía desde que lo echaron del colegio. No entendía nada, nada de nada ¿Qué estaba pasando? ¿Porqué? ¿Por qué? ¿Por qué?
No lo sé, no lo sé, no la veo desde hace dos semanas…¡De verdad que no lo sé! – La mujer se alejó un poco y por fin la vio bien, pelo negro, ojos claros, le cogía de la mano, le cogía un dedo y un enorme dolor le dejó ciego por momentos, notaba una pulsación extraña en la mano, y supo que aquella mujer le había roto el dedo ¡y su cara ni siquiera demostraba enfado! – ¡Por Dios! ¡Por Dios! ¿Pero qué he hecho? ¡Por favor! ¡No me maten! ¡Yo no he hecho nada! ¡Juro que no sé nada! – Lloró, se sentía sólo y sabía que iba a morir allí, sin ayuda, sin saber siquiera porqué estaban aquellos psicópatas allí. Le dolía tanto la mano… Sin querer llamó a su madre sin que pudiera controlar su cuerpo. – ¡Dios mío!

Por Almudena L. Bruñas

Extracto del Sexto capítulo de “Un Día Cualquiera”. Para leer el relato desde el principio hacer un click AQUí, o si quieren leer solamente el capítulo dirigios al enlace que está a continuación.

Un Día Cualquiera (6)

Desencuentros (Sombras en la Niebla)

Tango de los Exiliados – Vanessa Mae

Al regresar con la comanda a la barra, aprovechó para hablar con Ana mientras disponían las consumiciones.

– El de la mesa diez me pone los pelos de punta.

– No ha parado de mirarte desde que entró, te sigue con los ojos; mal disimulado, por supuesto – susurró divertida – A lo mejor te quiere pedir el número de teléfono; al menos es guapo.

– Si cogiera el número de todos los que se portan de esa forma tendría unas citas muy interesantes – dijo en broma – una en el geriátrico, otra en el local de ambiente más cercano, ¡ah! sin olvidar la de la salida después del instituto…

La compañera rió entre dientes como respuesta.

– Al menos la mujer era hermosa y el adolescente una ricura… estás siempre buscando excusas.

Cogió la bandeja con los pedidos, mientras la amenazaba de muerte en silencio. Echó un rápido vistazo a la mesa diez. Ana tenía razón, la observaba sin ningún tipo de disimulo. Muy serio, eso era una novedad. Así que cuando le tocó el turno estaba a la defensiva.

– Elena es tu nombre… – dijo cuando le puso el café. No fue una pregunta, era una afirmación rotunda. La cogió desprevenida y su sorpresa se hizo patente en su rostro.

– Sí, ¿nos conocemos? – él negó con la cabeza.

– Lo dijo tu compañera.

– Ah…- “Café servido. Paso de los tipos raros” pensó.

Sin embargo, cuando iba a seguir de largo se le heló la sangre en las venas. Por un momento, cuando el cliente fue a tomar la cartera de la chaqueta, por la abertura de su camisa de botones se escurrió el colgante que llevaba al cuello, dejándolo a la vista: Una concha de color marfil.

-¿Qué es eso? – dijo señalando el colgante.

– Una concha – su tono casual la puso en alerta. Dejó un billete encima de la mesa y se levantó para marcharse. Ella sacó la suya de entre la ropa y la mostró – buen gusto… – sonrió pero sus ojos eran duros, opacos.

Por Arminda C. Ferrera


Cita extraída del cuarto Capítulo de la historia “Sombras en la Niebla” que trata de una mujer, Elena, que ha perdido la memoria después de un intento de suicidio. Se esforzará en recordar su pasado para intentar enfrentarse al presente, sin embargo, hay cosas que es mejor no recordar y lo descubrirá demasiado tarde. Si queréis leerla desde el principio hacer un click AQUí, o bien leer el cuarto capítulo entero, en el enlace que hay a continuación.

Capítulo 4

Mucho Ruido y Pocas Nueces

BEATRIZ.-Justamente, si no me da marido, cuya merced le imploro de rodillas todas las mañanas y todas las noches: «¡Señor! Yo no podría sufrir a un marido con toda la barba; preferiría acostarme con un montón de lana».

LEONATO.-Podéis poner los ojos en un marido sin barba.

BEATRIZ.-¿Y qué haría con él? ¿Vestirle con mis faldas y que me sirviese de doncella? Quien tiene barba es más que un mancebo, y el que carece de ella menos que un hombre. Si es más que mancebo es mucho hombre para mí, y si es menos que hombre, soy yo mucha mujer para él. Por consiguiente, prefiero tomar seis peniques de arras del guardaosos y conducir sus monos al infierno.

LEONATO.-Bueno; entonces, ¿irás al infierno?

BEATRIZ.-No, sino hasta la puerta. Allí me saldrá al encuentro el diablo, quien, con sus cuernos en la cabeza, como un viejo cornudo, me dirá: «Anda al cielo, Beatriz, anda al cielo; aquí no hay sitio para doncellas como tú». Entonces yo le dejaré mis monos y me encaminaré al cielo en busca de San Pedro. Él me enseñará dónde se sientan los solterones, y allí viviremos tan dichosos cuan largo es el día.

ANTONIO. A HERO.- Bueno, sobrina; confío en que os dejaréis guiar por vuestro padre.

BEATRIZ.-Sí, a fe; el deber de mi prima es hacer una reverencia y decir: «Como os guste, padre». Pero, sobre todo, prima, que sea buen mozo; o de lo contrario, haz otra reverencia y di: «Padre, como a mí me guste».

LEONATO.-Vamos, sobrina, espero veros un día provista de esposo.

BEATRIZ.-No será en tanto Dios no haga a los hombres de otra sustancia distinta a la tierra. ¿No es desesperante para una mujer el verse dominada por un puñado de polvo valiente y tener que rendir cuentas de su vida a un terrón de cieno petulante? No, tío; no quiero a ninguno. Los hijos de Adán son mis hermanos; y, francamente, tendría por pecado buscar un esposo en mi familia.

LEONATO.-Hija, acordaos de lo que os he dicho. Si el príncipe os solicita en ese sentido, ya sabéis la respuesta que habéis de darle.

BEATRIZ.-Prima, culpa será de la música, si no sois cortejada a su debido tiempo. Si el príncipe se muestra demasiado importuno, decidle que en todo hay compás, y bailad en vez de contestarle. Porque, oídme, Hero: el enamorarse, el casarse y el arrepentirse son, respectivamente, como una giga escocesa, un minué y una zarabanda; el primer galanteo es ardiente y rápido, como la giga escocesa, y no menos fantástico; el casamiento es formal y grave, como el minué, lleno de dignidad y antigüedad; y luego viene el arrepentimiento y con sus piernas vacilantes toma parte en la zarabanda, cada vez más torpe y más pesado, hasta que se hunde en la tumba.

LEONATO.-Sobrina, siempre miráis las cosas por el lado desfavorable.

BEATRIZ.-Tengo muy buena vista, tío. Soy capaz de distinguir una iglesia en pleno día.

Mucho ruido y pocas nueces (William Shakespeare)

La Tormenta (Un Día Cualquiera)

La lluvia le golpeaba los ojos, un enorme manto formado por millones de gotas lo cubría todo y a todos. No tenían ganas de seguir. No iban a volver jamás allí, al centro del horror y de las miserias humanas.

Ellos no eran hermanas de la caridad, precisamente. La más joven había matado a cientos de personas sin pestañear si quiera y el más viejo había crecido en un mundo donde nada es lo que parece y donde la familia toma un concepto muy poco agradable que no invita, precisamente, a descansar en su seno.

No eran unos nenazas, y sin embargo allí estaban, mirando al horizonte sin ver nada, escuchando el ruido del tráfico, las voces de los ocupantes de los coches y la lluvia golpear las carrocerías, incluso Kitano podía escuchar el ruido de los tacones de aquellas ilusas mujeres corriendo hacia el portal más cercano, riendo entre ellas, con sus bolsas de Cerruti o de Carolina Herrera, descansando en su mullido cojín de protección, ignorantes de lo que realmente ocurría en la tierra, exactamente a unos metros por debajo de ellas.

No querían pensar en nada de lo ocurrido. Poco a poco sus pies se fueron moviendo inconscientemente, primero uno, luego otro. Dejaron atrás la boca del metro por donde habían entrado unas horas antes y siguieron caminando, como muertos vivientes, hacia el coche. Cruzaron un mar de personas malhumoradas, paraguas y empujones y aterrizaron en la acera de enfrente, ahora vacía. Un póster pegado en el escaparate les hizo volver a la realidad: Una pequeña y preciosa niña abrazaba feliz un oso enorme y marrón. Una niña rubia, con los ojos azules, mejillas sonrosadas… una niña, sólo una niña.

Escrito por Almudena L. Bruñas

Hay situaciones en las que hasta a tres delincuentes habituales les puede sobrepasar. Asomarse al Underground, ser testigo de las bajas pasiones y las aterradoras perversiones del ser humano, no es un plato  para paladares exquisitos.

Extracto del quinto capítulo de “Un Día Cualquiera”. Para leer el relato desde el principio hacer un click AQUí, o si quieren leer solamente el capítulo dirigios al enlace que está a continuación.

Un Dia Cualquiera (5)