Blanca caminó por el prado lleno de flores silvestres y hierba. Hacia un día precioso y agradable que invitaba al ocio y al esparcimiento. Se sentó en medio de todo ese esplendor primaveral y recogió unas cuantas flores para hacerse una corona de ninfa. Quedaría bien con su vestido níveo inmaculado de princesa de cuento.
Cuando la hubo terminado se la colocó con júbilo, pero poco duró su inocente despreocupación. Una sombra oscureció la luz por un momento. Fue entonces cuando se dió cuenta de que estaba en un sitio extraño, al que no recordaba haber llegado. Levantó la vista y observó a un gran pájaro, que descendía en círculos hacia ella. Resaltaba sobre el cielo azul celeste.
El gran cuervo se posó a poca distancia. Llevaba algo brillante en el pico, un resplandor dorado. No sabía si acercarse, pero cuando hizo amago de hacerlo, el cuervo lanzó un espeluznante graznido, dejando caer lo que antes atesoraba entre su pico. Batió sus poderosas alas para asustarla. Voló unos pasos más allá.
Ni corta, ni perezosa se acercó a gatas al objeto dorado que yacía en la hierba. Grande fue su desilusión cuando descubrió que era una enorme llave vieja y pesada (no era la de su casa). El cuervo graznó de nuevo y se alejó un poco más dando saltitos.
- ¿No sabrás por casualidad como puedo ir a casa?- le preguntó al animal; a lo cual respondió ladeando su cabecita- Creo que me he perdido…- Parpadeó sus ojos ambarinos indiferente -¿Me muestras el camino pajarito?
Al ponerse en pie, el ave levantó el vuelo y se dirigió al bosque que estaba a su espalda. Tomó la llave y se la guardó en el bolsillo con rapidez.
Echó a correr pues se estaba quedando atrás. Sin embargo, cuando creía que se le había escapado, al llegar al linde del bosque, lo vio tranquilamente posado en la rama de un árbol retorcido. Daba la impresión de que la estuviera esperando.
Nuevamente abrió sus alas y continuó su camino por medio del bosque.
¡Habían robado la sal!. Se descubrio que el culpable era la Oruga, o Bill el Lagarto o el Gato Sonriente.
Sometieron a juicio a los tres, que hicieron las siguientes declaraciones en el tribunal:
Oruga: Bill el Lagarto se comió la sal.
Bill el Lagarto: ¡Es cierto!
Gato sonriente: ¡ Yo nunca me comi la sal!
Según resultó, por lo menos uno de ellos mintió y al menos uno dijo la verdad. ¿Quíen se comió la sal?
“Estás preocupado por lo que fue y lo que va a ser… hay un dicho: El ayer es historia, el mañana un misterio, pero el hoy es un obsequio… por eso se le llama presente”
Heme aquí tan atribulada. Renegando del día en que osé a intercambiar pareceres con tu persona. Tu nombre es portador de mi desgracia. Y a la vez me transporta hacia la dicha. ¿He de odiarte por tu nombre, o amarte por quien eres? Marcados estamos por un caprichoso hado. Sino fueras hijo de quien sois, mi más odiado enemigo; si yo no fuera hija de mi casa, tu más enconada enemiga. Tiempo atrás no me dejaría arrastrar por las dudas y empuñaría presta mi acero para darte muerte, deseosa de borrar la sonrisa de tu amable rostro, pagando sangre por sangre.
Si tus parientes no hubieran perseguido hasta la exterminación a los míos, si tus hermanos no hubieran hecho festín de gusanos a mi ascendencia, uno a uno con metódica saña. Si mis hermanos no te odiaran como yo misma (hace algún tiempo no muy lejano) y mis manos no se hubieran deleitado con la venganza… pudiera enumerar múltiples razones para aborrecernos.
Heme aquí discerniendo, que es más sensato: Eliminar cualquier rastro de sentimiento que haya albergado hacia tu persona, que va aumentando al pasar los años tímidamente, o bien, dejarlos que sigan su curso natural hasta que nos lleven a un final más o menos deseable. La lógica ha sido mi aliada más preciable, si bien no me librado de sufrimientos, me ha ahorrado innumerables tormentos, pero también ha mutilado mi alma. Esta es mi contradicción y mi enseñanza. Lograr la reconciliación entre mente y sentimiento.
La mente me explica cuales son los motivos por los cuales tú debes ser exiliado de ella para siempre: seremos perseguidos por nuestros semejantes, por aquellos que antes serían nuestros amigos y aliados; nos cazarán como bestias por no entender que tal unión pueda ser posible. Mas el corazón, muy persuasivo, me insta a no dejarme vencer por los obstáculos, que no me rinda al miedo… mi alma me susurra que no debo odiar a un nombre, sino que rechace todo aquello que atente contra la ley del universo que todo lo rige, el amor. ¿Qué debo hacer? La mente, a quién le había dejado siempre mis asuntos y me ha servido bien, me insta a abandonar esa locura.
Esos sentimientos tímidos que asoman ya a mis ojos cuando se posan en tu persona, sospecho que se pueden tornar en apasionadas fuerzas naturales capaces de derribar hasta las mismas montañas, quebrar el fondo de los mismos océanos… pero esas se pueden convertir en devastadoras e incontrolables que esparcen el sufrimiento y la muerte por do quiera que se emplacen. ¿En que mundo podríamos unir nuestros destinos en paz? Esa es mi incertidumbre y mi pesar.
Ambos nos hemos confiado como amigos el uno al otro nuestras vidas, compartiendo secretos hasta entonces velados que podrían convertirnos en finados antes del alba si ello trascendiera. Hemos enlazado nuestras mentes para saber el uno del otro en la distancia, hemos intercambiado presentes, miradas, pensamientos… nuestros actos han hablado mucho antes de que los alcanzara el entendimiento y la fría lógica, antes de que nos diéramos cuenta en que peligrosa senda estábamos adentrándonos. Ahora solo me resta saber si tengo el valor suficiente para seguir por el camino que me ha llevado el corazón con asombrosa naturalidad, o desandar lo andado para evitar futuros padecimientos.
¿Estaré dispuesta a desafiar al mundo a pesar del miedo a que sea un capricho tanto tuyo como mío? ¿Estaré dispuesta a reconocer que no lo es?
Todo lo que somos es el resultado de lo que hemos pensado; está fundado en nuestros pensamientos y está hecho de nuestros pensamientos.
BUDA (563 AC-486 AC)