Sobre lo inevitable

Femme Fatale Desktop by Stuntkid

Je ne veux pas travallier – Pink Martini

Con una solitaria copa de líquido ambarino con dos piedras de hielo a medio derretir en la barra de un bar, las uñas pintadas en rojo sangre… seguramente por arrancarle el corazón a los hombres,  acerca el vaso a sus labios carmesíes mientras levanta el velo negro que ensombrece su mirada. Sentada en un taburete, mostrando con algo de provocación sus elegantes piernas cruzadas tras la abertura de la falda, acariciadas por una medias como humo y sus zapatos de tacón negro,  la mantenía fuera del alcance de los mortales comunes.

Esperaba al hombre de sombrero de ala ancha y gabardina que fumaba Ducados… para que la invitara a un trago… un tipo duro al que no le quedara corazón que pudiera devorar. Pues inevitablemente un verdugo no tiene razón de ser si no posee una víctima a la que martirizar… y viceversa. De eso iba la historía: vestidos así no había otro fin posible…

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La historia de una mirada

Esa mirada persistía en mi recuerdo, reaparecía en el rostro de los extraños convirtiéndolos en familiares; y  aún con los ojos abiertos, ya lúcida, la veía intuida en cualquier rostro…  como cuando uno mira directamente al sol y su imagen perdura aún con los ojos cerrados, mucho tiempo después de que este haya desaparecido tras el horizonte.

Sombras en la niebla

Odio (Sombras en la Niebla)

¡No te atrevas a pronunciar ni siquiera su nombre! ¡Ni a llorar ni a lamentarte en mi presencia!

Me importa una mierda como te sientas. Los remordimientos te los puedes meter por el culo ¿entiendes?

Te aseguro que si no te degüello, aquí y ahora, no es porque me compadezca de ti, muy al contrario.

¡No te atrevas a decir que la querías! La mataste, tanto que la amabas; no fuiste la mano ejecutora pero hay muchas formas de sentenciar a muerte.

 KATO

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Sombras en la Niebla

 

A Nokto (Sombras en la Niebla)

Podría decir que hubo un tiempo que estuve vivo, en el que sentía y las emociones recorrían mi ser como descargas eléctricas: odio, amor, ira, compasión… sí, podría decir que en un tiempo fui humano;  ahora,  lo que ves, lo que tus sentidos perciben es una mentira, una máscara bien construida.

Podría decir que fuiste tú quien acuchilló mi corazón, que aniquilaste mi alma…

Te doy las gracias por ello. Ahora no duele.

KORAKO

Callejón sin salida (Un Día Cualquiera)

Molossus (Batman Begins OST) – James Newton Howard & Hans Zimmer

Empezó a tener consciencia de lo que pasaba alrededor. Estaba sentado en una de las sillas de la cocina. Tenía las piernas y las manos atadas fuertemente. Le dolía, le dolía mucho. No entendía qué pasaba, en aquella zona no había tanta delincuencia, y si se robaba alguna casa se solía hacer cuando no había nadie, para evitar problemas. Comenzaban a cerrársele los ojos de nuevo cuando le tiraron agua helada en la cara, empapando la ropa que se adhirió al cuerpo inmediatamente y sin darse cuenta, se meó encima.
Sabemos que la tienes ¿Dónde está? ¿Se la has dado a alguien maldito cabrón? – la voz era de hombre, venía de detrás de él ¿Qué era lo que tenía? ¿La hierba? ¿Era de la poli?
E – e – e – está en la cajita que está al lado de la tele, pero por favor, no me hagan daño, ¡Sólo es un poco de hierba! ¡Dios mío, no me hagan daño!.

Alguien se colocó delante de él, tan pegado a su cara que no podía enfocar bien y aún así no podría saber qué cara tenía. Era una mujer porque si miraba hacia abajo veía su pecho y un revólver con silenciador bajo su axila.
No, no te preguntamos por la marihuana, queremos saber donde está la niña ¿Dónde está Leonor? – Aquello sí que le sorprendió, ¿Leonor? Hacía que no la veía desde que lo echaron del colegio. No entendía nada, nada de nada ¿Qué estaba pasando? ¿Porqué? ¿Por qué? ¿Por qué?
No lo sé, no lo sé, no la veo desde hace dos semanas…¡De verdad que no lo sé! – La mujer se alejó un poco y por fin la vio bien, pelo negro, ojos claros, le cogía de la mano, le cogía un dedo y un enorme dolor le dejó ciego por momentos, notaba una pulsación extraña en la mano, y supo que aquella mujer le había roto el dedo ¡y su cara ni siquiera demostraba enfado! – ¡Por Dios! ¡Por Dios! ¿Pero qué he hecho? ¡Por favor! ¡No me maten! ¡Yo no he hecho nada! ¡Juro que no sé nada! – Lloró, se sentía sólo y sabía que iba a morir allí, sin ayuda, sin saber siquiera porqué estaban aquellos psicópatas allí. Le dolía tanto la mano… Sin querer llamó a su madre sin que pudiera controlar su cuerpo. – ¡Dios mío!

Por Almudena L. Bruñas

Extracto del Sexto capítulo de “Un Día Cualquiera”. Para leer el relato desde el principio hacer un click AQUí, o si quieren leer solamente el capítulo dirigios al enlace que está a continuación.

Un Día Cualquiera (6)