Sombras en la niebla

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Angel cielo

Miraba su cuerpo desde arriba como si fuera una extraña. Su aspecto se asemejaba a una muñeca rota, a la que no le hubieran colocado bien las extremidades. Los cristales que la cubrían, y que estaban esparcidos a su alrededor, eran como si el rocío se hubiera congelado de pronto con el frío de la mañana, y se hubiera quedado atrapado entre los plieges de su ropa y las grietas de su carne. Debía de estar sufriendo mas su rostro no lo reflejaba; al contrario, parecía estar dulcemente dormida. Se preguntó por qué le parecía hermoso todo aquello; quizás fuera por la sensación de alivio que le producía tal cuadro.

Con las luces del amanecer, asomó tímidamente las primeras gotas carmesíes, que luego, se transformarían en torrente. No imaginaba que hubiera ocurrido de esa forma. Poseía una idea muy clara sobre ello aunque, en ese momento, no se acordaba ni de quien era ella misma.

Levantó la vista. Decidió concentrarse en su alrededor para no ser testigo de su agonía; mirar a otro lado y ser indiferente al dolor que le producía. Fue cuando reparó en la gente que comenzaba a agolparse entorno suyo, que lejos de auxiliarla, admiraban la escena. La extrañó que no poseyeran rostro, ni ningún rasgo que les proporcionara alguna identidad. A lo mejor, pensó, no eran relevantes.

Quizás por eso, él le llamó tanto la atención. Llevaba un largo abrigo negro y un sombrero que le llenaba de sombras las facciones de la cara. Sin embargo, pudo adivinar sus ojos, que estaban clavados en ella. Con ellos parecía pruguntarle por qué estaba allí tirada sobre la acera, cómo había sido capaz de saltar por esa ventana. Sus preguntas silenciosas eran las mismas que ella se hacía.

Entre sus manos estaban los restos de una concha que extendió como un presente; una concha, muy similar a la que ella tenía colgada al cuello.

Se esforzó en no olvidarle, pues sabía que lo que estaba viviendo era un sueño; tenía que serlo. No era capaz de traer su nombre a la memoria. No obstante, su intuición le decía que, aquel hombre, no era una simple quimera. Era real al igual que el suceso que le había arrebatado su pasado.

Por Arminda C. Ferrera

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